Y para conversar, para mirar, para escuchar.
Comienza la semana… digo, porque en realidad la anterior y la anteanterior y la anteanteanterior no han terminado. Y así podría ir aún más atrás, en un constante dejavú de inconclusiones.
Bienvenido el viernes… o tal vez no, porque es demasiado tiempo libre para pensar en todo lo que he evitado pensar en la semana.
Hace frío y estoy lejos de casa. No llevo tiempo sentado sobre ninguna piedra. Sé para qué sirven las guerras. Sé que estoy en medio de una coyuntura existencial donde se debaten mis ansias carnívoras y mis ansias pirómanas por el dominio de mi alma. Ayer me corté el pelo, arreglé mi barba, lustré mis zapatos y luego me miré en la vitrina de una tienda cualquiera. No se elevó mi ego. No me sentí mejor. Hay cosas que pasan y en el recuento del día sólo me indican que tuve tiempo para hacerlas.
Martes es el dios de la guerra. Martes es el día que viene después del lunes y antes del miércoles. Martes es el día donde se apacigua la modorra del lunes, porque se asume la semana.
Hace frío y estoy lejos de casa. La madrugada me descubrió descubriéndola desde el balcón, con un tazón de té.
Ahora tengo sueño.
El día lunes está mal valuado. El pobre no tiene la culpa. Sentado en un café, desde hace una hora y media aprox., puedo ver las caras de congoja de tantos que pasan, se sirven, se sientan, se van. Culpan al lunes de la modorra. Lo más probable es que aún tengan sus camas pegadas a las ganas. Y sí, no sería malo estar ahí, ahora, con el frío que hace. Pero en fin, apologizo al lunes, porque no tiene la culpa. La culpa de es del Papa Gregorio. Maldito Papa y su maldito calendario.